la Corona británica y el costo de no desmarcarse – El Financiero



La Familia Real Británica no gobierna, pero influye. No legisla, pero orienta. No comanda ejércitos, pero encarna continuidad. En el siglo XXI, su poder no es ejecutivo ni militar; es simbólico. Y lo simbólico, en democracias maduras, puede ser más determinante que lo formal.

La Monarquía del Reino Unido es hoy una arquitectura de legitimidad. Su fuerza descansa en la percepción pública de estabilidad, integridad y neutralidad. No dicta políticas públicas, pero representa el Estado; no diseña estrategias geopolíticas, pero abre puertas diplomáticas; no aprueba presupuestos, pero proyecta una narrativa de continuidad histórica que funciona como ancla en tiempos de incertidumbre.

Ese capital moral, sin embargo, es frágil. Y ningún episodio lo ha evidenciado con mayor claridad en los últimos años que el caso del Príncipe Andrés, duque de York.

Su relación con el financiero estadounidense Jeffrey Epstein, posteriormente condenado por delitos sexuales y vinculado a redes de abuso y tráfico, colocó a la Casa Real en el centro de una tormenta reputacional global. Las imágenes públicas de su cercanía con Epstein, así como las acusaciones civiles presentadas en tribunales estadounidenses y el acuerdo extrajudicial alcanzado en ese contexto, generaron un impacto que trascendió lo personal.

El problema no era únicamente jurídico. Era institucional. En una monarquía cuyo poder es esencialmente moral, la sola percepción de proximidad con escándalos de esa magnitud erosiona el activo más importante: la confianza.

La respuesta fue gradual pero contundente. Retiro de funciones públicas, pérdida de patronazgos, renuncia a honores militares, reducción drástica de presencia institucional. No se trató de un gesto cosmético, sino de una operación de contención reputacional. La Corona entendió que el daño no se medía en términos penales, sino en términos de legitimidad.

En sistemas donde el poder es simbólico, la conducta individual adquiere dimensión estructural. La reputación de uno afecta el perímetro de todos. Y la monarquía británica, históricamente resiliente, ha sobrevivido porque ha sabido adaptarse cuando la presión pública amenaza su continuidad.

Bajo el liderazgo de Carlos III, el desafío no es restaurar poder político, que no posee, sino preservar relevancia moral. La Corona no controla mayorías parlamentarias ni dispone de fuerza armada propia. Su influencia es blanda, diplomática, cultural. Se proyecta en la Commonwealth, en redes históricas, en ceremonias que simbolizan estabilidad institucional.

Pero todo ello descansa en un intangible: credibilidad.

Desmarcarse de figuras cuya conducta compromete esa credibilidad no es ceder ante la presión mediática; es proteger la arquitectura simbólica que sostiene la institución. En el siglo XXI, el trono no se defiende con escudos, sino con coherencia ética.

Porque, en última instancia, el poder reside donde la gente cree que reside. No en los palacios ni en los títulos, sino en la opinión pública que concede o retira legitimidad. En las monarquías europeas contemporáneas, ese poder es, en gran medida, un espejismo sostenido por la confianza colectiva. Mientras la sociedad crea en su utilidad simbólica, la institución perdura; cuando esa creencia se erosiona, el andamiaje comienza a vaciarse. Una crisis profunda, mal gestionada, no derriba un trono por la fuerza: lo desactiva por irrelevancia. Y en una era de transparencia permanente, la legitimidad no se hereda; se renueva… o desaparece poco a poco.

En otras latitudes digitales…

¿Realmente estamos listos para recibir el mundial? Hoy más que nunca todos nos lo preguntamos…



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