
En su última decisión de política monetaria, el Banco de México (Banxico) decidió —controversialmente— reducir la tasa de referencia en 25 puntos base. Fue una decisión dividida, con tres votos a favor del recorte y dos a favor de pausar. Ex-ante, entre los analistas también la opinión estaba muy dividida: dos terceras partes pronosticaban una pausa y la minoría restante pronosticábamos la bajada.
Entiendo muy bien a quienes votaron por la pausa. La decisión se dio ya iniciado el conflicto en Irán, que resultó en elevados precios de los energéticos y fertilizantes a nivel global. A pesar de que se trata de choques de oferta, un conflicto de larga duración puede resultar en efectos de segundo orden y en un desanclaje de las expectativas, ante lo cual se debe apretar la política monetaria. Había razones para ser cautelosos.
Pero también había argumentos a favor de la bajada. El primero es que, como resultado del conflicto, las tasas de interés de largo plazo aumentaron de forma significativa. Antes del estallido, las tasas de los bonos gubernamentales a diez años se ubicaban en 8.6%, mientras que el día de la decisión se ubicaban en 9.2%, habiendo llegado a 9.4%, en buena medida porque los rendimientos de los bonos del Tesoro a 10 años también tuvieron aumentos significativos. Es decir, las condiciones monetarias se habían apretado como resultado del conflicto; el mercado había hecho parte de la tarea. Segundo, los aumentos de precios en energéticos y alimentos fueron causados por choques de oferta, ante los que, si son temporales y no afectan las expectativas, la política monetaria no debe reaccionar. Por último, la economía ha estado creciendo muy poco, por debajo de su potencial (solamente 0.8% en 2025), lo cual implica la ausencia de presiones de demanda agregada significativas sobre la inflación.
Así, había argumentos sólidos tanto para pausar como para continuar con el ciclo de bajadas, todo ello en un entorno muy incierto en el que no se podía saber, todavía hoy no se puede, cuál será la duración del conflicto en el Golfo Pérsico.
Dicho lo anterior, la decisión ha despertado todo tipo de críticas. Hay dos que me parecen totalmente infundadas.
La primera es la de quienes dicen que es inadmisible reducir la tasa cuando la inflación sube. Se trata de un argumento simplista que refleja una enorme ignorancia sobre cómo funciona la política monetaria. Primero, hay que determinar qué explica el aumento en la inflación: si se debe a un choque de oferta que no afecta las expectativas, la política monetaria no debe reaccionar; se debe “ver a través del choque”, como dice Jerome Powell. Es difícil imaginar la volatilidad que tendría la política monetaria si cada vez que sube el precio del jitomate se pausara o se subiera la tasa. Si el banco central sobrereaccionara ante cada choque, la postura monetaria se volvería inadecuada una vez que estos se disipen. Segundo, hay que tomar en cuenta el punto de partida: no es una cuestión mecánica de subir la tasa si sube la inflación; hay que evaluar cuál es la postura monetaria y si es razonable moverla. Aun con el reciente recorte, la tasa sigue en terreno restrictivo. La discusión de cuál es la postura monetaria adecuada es muy compleja, pero la absoluta mayoría de los críticos y comentaristas ignora este punto.
La segunda crítica infundada afirma que este movimiento demuestra que Banxico ha perdido toda independencia y actúa ante las indicaciones del gobierno federal. Pensar que una bajada de 25 puntos base es la diferencia entre ser o no independiente no tiene ningún sentido. La tasa está en los niveles que sugeriría la regla de Taylor, en una economía con enorme holgura y la política monetaria cerca del límite entre el rango neutral y el terreno restrictivo. Se puede estar o no de acuerdo con la decisión, pero afirmar que ésta demuestra la pérdida de toda credibilidad es infundado.
Y es tan infundado que los mercados no lo ven así. Tras la decisión no han aumentado las expectativas de inflación de mediano plazo —deberían haberlo hecho significativamente si Banxico ya no fuese independiente—. El componente de riesgo país en el rendimiento de los bonos de largo plazo tampoco ha aumentado. Si se dudara de la independencia, la prima de riesgo de los bonos se habría disparado. Los mercados no piensan como los críticos.
Creo que parte de las críticas pueden explicarse, como ya dije en una columna anterior, por problemas de comunicación de Banxico y por algunos temas de diseño institucional. De eso hablaré en mi próxima columna.
