De Ormuz a la Central de Abastos – El Financiero



Desde que tengo memoria, siempre estamos en algún tipo de crisis. Apenas vamos saliendo de una y llega (o provocamos) otra. Todas, sin embargo se sienten diferentes. El “error de diciembre” por ejemplo, dejó una cicatriz que todavía hoy pesa en la relación del mexicano común con el crédito. Esta nueva crisis, en cambio, está entrando por el tanque de combustible.

Lo que hoy empieza a sentirse en el bolsillo de millones de personas no es solamente una mala racha de mercado. Es la traducción cotidiana de una guerra lejana que dejó de ser lejana cuando empezó a empujar el costo de mover mercancías, sembrar alimentos y sostener la operación de miles de negocios.

La guerra en Medio Oriente ha presionado fuertemente el mercado global de fertilizantes, en especial la urea, sobre todo, han empujado también al alza los energéticos. El resultado no necesita demasiada explicación: cuando suben energéticos, combustible y fertilizantes, tarde o temprano sube la comida.

La magnitud del problema se vuelve más clara cuando dejamos de pensar solo en consumidores y empezamos a pensar en operación. En México, las Mipymes representan 99.8% de las unidades económicas del país. Es decir, esta crisis no golpea solamente a grandes corporativos con cobertura financiera y capacidad de maniobra. Golpea al transportista que ya venía operando con márgenes estrechos, a la Pyme agrícola que depende de insumos encarecidos, al taller que paga más por mover materiales, al restaurante que no puede absorber otro ajuste y a la fábrica que vuelve a descubrir que la geopolítica también cabe en una orden de compra.

El problema no se queda solo en los costos que van a parar a los bolsillos de los consumidores; sino que ya salpicó hacia arriba. El costo político que hoy enfrenta el gobierno mexicano no nació solo del conflicto actual. Viene arrastrando además una contradicción previa.

Hace apenas unas semanas, el debate público estaba marcado por el hecho de que Pemex había suministrado petróleo y derivados a Cuba bajo un contrato comercial activo desde 2023. Solamente en el 2025 se envió el equivalente a 496 millones de dólares según Pemex, cifra que MCCI documentó, representa apenas el 13% de lo registrado ante aduanas mexicanas.

Podrá discutirse si era apoyo comercial, humanitario o una mezcla de ambos. Pero con lo que hoy se está viviendo se convierte en una ironía, porque justo hoy el país necesita amortiguar el costo interno de la energía, pero arrastra el desgaste de haber enviado al exterior un recurso que hoy se volvió más sensible, más caro y más estratégico.

Y eso solo es el costo para la política nacional, porque el habitante de Mar-a-Lago con oficina e Washington la está pasando peor. El señor apostó a que un golpe fuerte doblegaría a Irán. La lógica era conocida: superioridad militar, shock inicial y presión suficiente para quebrar la voluntad del adversario. Así que lo anunció con bombo y platillo prometiendo resultados inmediatos.

El problema es que Irán no reaccionó como un actor sorprendido. Está reaccionando como un régimen que llevaba décadas preparándose para un escenario así. Y por las recientes notas internacionales, no hay probabilidad de que Teherán afloje pronto su presión sobre el estrecho de Ormuz, precisamente porque esa palanca se ha vuelto una de sus mayores ventajas estratégicas.

Ahí está la parte que el señor al que Machado le regaló su Nobel de Paz nunca imaginó. Irán no necesita ganar militarmente. Le basta con resistir, alargar el conflicto y encarecerle al mundo la idea de estabilidad. Si logra mantener la amenaza sobre una ruta por la que pasa una porción crítica del petróleo, el gas y parte importante de los fertilizantes comercializados globalmente, ya está imponiendo costos.

La paradoja es irónica, la mayor potencia militar del mundo puede tener capacidad de fuego superior y aun así terminar atrapada por la capacidad del otro para volver carísima cualquier salida. Tal parece que a Goliath realmente no le ganas con una piedra; sino que se necesita la astucia de Rostam que sabía adaptarse y manejó las espadas, arcos y lanzas.

¿Y qué significa esto para una Pyme mexicana? Que esta crisis no se enfrenta con opiniones, sino con continuidad operativa. Hoy más que nunca toca revisar exposición real a fletes, combustibles e insumos críticos. Toca proteger liquidez antes que optimismo. Toca renegociar condiciones, revisar precios, evaluar inventarios sensibles y preguntarse qué parte del negocio depende de una estabilidad que ya no existe. La geopolítica no le pide permiso a la operación. Solo le pasa la factura.

Porque no todas las guerras empiezan con soldados cerca. Algunas empiezan cuando llenar un tanque, sembrar una hectárea o surtir una bodega deja de costar lo mismo.



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