
En menos de 48 horas, el estrecho de Ormuz pasó de bloqueado a reabierto, y de reabierto a cerrado otra vez.
El viernes, el gobierno de Teherán anunció que el paso quedaba “completamente abierto” al tráfico comercial durante la tregua con Estados Unidos e Israel.
Ayer sábado, el vocero del Cuartel General Jatam al Anbiya, teniente coronel Ebrahim Zolfagari, informó que el estrecho regresa a su “estado anterior”: control militar iraní, restricciones al tránsito y acusaciones de “piratería” contra Washington. Mohamad Baqer Qalibaf, presidente del Parlamento iraní, lo había advertido en X: con el bloqueo estadounidense vigente, Ormuz “no permanecerá abierto”.
La lectura de la reapertura se cae. No fue desescalada; fue pausa táctica mientras se renegociaba el bloqueo naval que Estados Unidos mantiene sobre los puertos iraníes. Irán puso la puerta en ‘control automático’: se abre si Washington cede; se cierra si insiste.
Los mercados, sin embargo, reaccionaron al viernes como si la reapertura fuera definitiva. El Brent cayó 10.9%, a 88.56 dólares; el WTI, 11.5%, a 83.80. Wall Street marcó nuevos máximos: el S&P 500 subió 1.2% a 7,126 puntos, el Nasdaq 1.52% y el Dow 1.79%. La Bolsa Mexicana de Valores siguió el rally con un avance de 1.08% en el IPC, que cerró en 69,447 unidades. El peso cortó nueve sesiones de ganancias y terminó en 17.31 por dólar. La mezcla mexicana quedó en 84.25 dólares.
La reapertura, además, fue más retórica que física. Frente a los 130 tránsitos diarios antes de la guerra, pasaron apenas ocho petroleros y gaseros en la madrugada del viernes, según la firma Kpler. El bloqueo naval estadounidense seguía vigente —el Comando Central reportó 23 buques obligados a dar media vuelta— y las navieras occidentales mantenían la zona en rojo. No había normalización logística; había una tregua parcial, vigilada y reversible.
Ayer se confirmaron los temores. Tras el nuevo anuncio iraní, la Oficina Marítima del Reino Unido reportó el ataque de lanchas de la Guardia Revolucionaria contra un buque tanque a 20 millas náuticas al noreste de Omán, y Reuters documentó disparos contra al menos dos mercantes más. Teherán cumple en el agua lo que anuncia. El alto el fuego entre Estados Unidos e Irán expira el miércoles: la ventana diplomática se cierra al mismo ritmo que el estrecho.
Así, tres conclusiones quedan en pie.
Primero, la prima de riesgo geopolítico no se va del precio del crudo en el horizonte relevante. Banorte, por ejemplo, estima el Brent entre 75 y 90 dólares en las próximas semanas, con un cierre prolongado empujándolo arriba de 100. El piso es más alto que el de hace un año, y lo será por un buen rato.
Segundo, las ‘gargantas logísticas’ se consolidaron como instrumentos de poder. Por Ormuz pasa 20% del comercio marítimo mundial de petróleo, alrededor de 20 millones de barriles diarios. Suez ya opera con restricciones. El mapa logístico es hoy una variable política, no una constante de ingeniería. Quien controla un punto de paso controla precios, rutas y tiempos de entrega y, por extensión, condiciona la estabilidad macro de terceros.
Tercero, el mercado descontó el viernes una resolución diplomática que no existe todavía. La reapertura se evaluó como si fuera permanente. No lo era. Y la corrección del lunes puede ser abrupta.
Para México, el aterrizaje tiene tres capas.
Uno. La mezcla mexicana está 29 dólares por encima del supuesto de 54.90 de la Ley de Ingresos 2026. En apariencia es ingreso petrolero extraordinario. En la práctica, cada episodio de volatilidad encarece la factura energética al consumidor, presiona los subsidios a las gasolinas y obliga a Pemex a cubrir necesidades de financiamiento en mercados más caros en cada susto. El barril alto no es lluvia de dinero; es un colchón frágil que puede desaparecer con un comunicado.
Dos. La Reserva Federal quedó atrapada, como le hemos comentado, entre un barril caro que presiona inflación y un crecimiento que pide estímulo. Jerome Powell no puede ignorar un Brent cercano a los 100 dólares por mucho tiempo. Para Banxico eso significa menos margen para recortar tasas sin golpear al peso, que ya se depreció 0.39% el viernes pese al “alivio” global. La política monetaria mexicana quedó atada, otra vez, a una geografía que no elegimos.
Tres. Pemex es el canal por el que los choques del Golfo entran a las finanzas públicas. Más prima geopolítica equivale a spreads más altos en su deuda, que es realmente la deuda soberana con otro traje. En un año en que el apoyo del gobierno federal a la petrolera podría rondar los 800 mil millones de pesos, cada punto base importa, y cada titular sobre Ormuz tiene costo fiscal aquí.
El mensaje para el tomador de decisiones es sobrio. No se trata de adivinar si el estrecho cerrará o no el próximo lunes. Se trata de incorporar, de manera sistemática, que la infraestructura energética global es ahora un tablero geopolítico y que los escenarios de tensión dejaron de ser evento de cola para volverse parte del caso base.
Esto vale para el diseño de deuda pública, para el manejo de Pemex y para cualquier portafolio institucional que asuma que Medio Oriente está lejos.
La narrativa de que la prima geopolítica se descuenta rápido del precio y más despacio del mapa tuvo ayer sábado su examen.
La prima en el precio no se había ido del todo del precio. El mapa no había vuelto a la normalidad. Y la crisis, como ahora sabemos, nunca alcanzó a irse.
