Diálogos con la luz, de Janisset Rivero


Es un placer para mí compartir esta tarde con ustedes y, sobre todo, hacerlo con un motivo tan importante y tan esperanzador como éste que aquí nos congrega: descubrir un poemario, comprobar que, a pesar de los pesares, a pesar de las preocupaciones y sobresaltos del momento, sobre todo, los momentos que estamos viviendo los cubanos, entre contradicciones, expectativas e impaciencias; a pesar de las amenazas novísimas de la inteligencia artificial, y de las amenazas sempiternas de la idiotez natural, todavía hay entre nosotros lugar para la poesía, tiempo para la poesía.

Ya sabemos que la palabra poeta tiene la misma raíz que profeta y, así pues, hoy vemos cómo se cumple aquello que profetizara Gustavo Adolfo Bécquer, a mediados del siglo XIX: Mientras el corazón y la cabeza/ Batallando prosigan; / Mientras haya esperanzas y recuerdos, / ¡Habrá poesía! / Mientras haya unos ojos que reflejen / Los ojos que los miran; / Mientras responda el labio suspirando / Al labio que suspira; / Mientras sentirse puedan en un beso / Dos almas confundidas; / Mientras exista una mujer hermosa, / Habrá poesía!

Y hay poesía. Auténtica, valiente, atrevida y en ocasiones deslumbrante poesía entre la tapa y la contratapa de este importante poemario que hoy pone ante nuestros ojos esa mujer intensa, leal, sincera; esa escritora que no necesita recurrir a disparates, ni a jerigonzas para hacer valer su legítima condición de poeta; esa cubana raigal y comprometida patrióticamente que responde al nombre de Janisset Rivero.

Para poder calibrar en toda su luminosidad el contenido de estos poemas que Janisset presenta al mundo en este día, es necesario detenernos un minuto en el título dado por ella a esta colección. “Diálogos con la Luz” es el nombre dado por la poetisa a su poemario y esto nos hace intuir que estamos a las puertas de algo que merece atención total, pues no se escoge un interlocutor de tan suprema categoría como lo es la luz, para asuntos baladíes. Ponerse a hablar con la luz es, en si mismo, un acto de suprema valentía que requiere absoluta transparencia y esto, para empezar, constituye de por sí, un acto de valor extraordinario.

Me explico: la luz es, sin duda alguna, el elemento más importante en nuestra vida, lo es por lo que es, lo es por lo que representa y lo es para la humanidad entera, para cada hombre y cada mujer sobre la faz de la Tierra. Recordemos que, según el Génesis, lo primero que crea el Creador, es la luz: “! Hágase la luz!” dice el libro sagrado… y la luz se hizo.

Más tarde, avanzando en la Era Cristiana, cuando los Padres de la Iglesia se reunieron en la ciudad de Nicea, en lo que hoy es Turquía, el 20 de mayo del año 325, vista la necesidad de definir al Redentor de la humanidad, dijeron que Jesucristo es “Dios de Dios, Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero” y así lo describimos los cristianos todavía hoy, 1701 años después, al recitar el Credo: Dios de Dios, Luz de Luz.

Continuando con esta deslumbrante trans-identificación entre la Luz y la Divinidad, cada año, al llegar el Sábado Santo, ese día de total desolación porque Cristo está muerto y enterrado, cuando nos congregamos en la iglesia, la celebración comienza con el templo totalmente a oscuras, pero, al llegar las doce de la noche, el Domingo de Resurrección, la Pascua, el templo se ilumina totalmente y se entona el Gloria en ese preciso momento, porque la gloria no está en las tinieblas: está en la luz.

Y en este recorrido por la liturgia que, didácticamente nos va mostrando que Dios es luz, el domingo pasado la Iglesia universal invocaba al Espíritu Santo diciendo: “!Ven, Espíritu Divino / manda tu luz desde el cielo / Padre amoroso del pobre / don en tus dones espléndido / luz que penetra las almas / fuente del mayor consuelo!”

Salvando ahora todas las distancias entre lo divino y lo humano, el potentísimo símbolo de la luz, nos llega directamente a los cubanos, nos llega dolientemente, cuando aquel al que, no por gusto, llamamos el Apóstol, dolido de ingratitudes y divisiones, nos dijo con tristeza mortal, en su poema “Yugo y Estrella”, que, “En el mundo, como un monstruo de crímenes cargado / todo el que lleva luz, se queda solo”, pero, más adelante, tal vez en un momento de premonición sobre su propia vida, nos dijo que “Cuando al peso de la cruz / el hombre morir resuelve / sale a hacer bien, lo hace y vuelve / como en un baño de luz”

Quiero terminar estas consideraciones sobre la importancia del papel protagónico de la luz en este poemario, subrayando algo que ustedes van a entender instantáneamente: fíjense todo lo que representa la luz, que hoy, como nunca antes, podemos decir que, en más de un sentido, Cuba se está liberando porque su pueblo ha salido a buscar la luz, y la tiranía se está desplomando, porque los tiranos no pueden dar luz.

Pues bien, nada menos que este misterio altísimo, este fenómeno germinal, hechura primera de Dios y, casi seguramente, la mismísima Divinidad, Janisset Rivero, camagüeyana en fin de cuentas, lo escoge como interlocutor para un diálogo poético que, siendo como es, ha de ser absolutamente transparente, inevitablemente claro, ¿de qué otra manera puedes dialogar con la claridad misma, con la luz?

Y ahí está la poetisa, armada solamente con su lira, su sinceridad y su urgencia de compartir con el mundo lo mismo que Dios le ha dado: la poesía, el divino don de la poesía. Esta entrega no es fácil, no es pequeña tarea, pero, Janisset Rivero, que nunca ha buscados desafíos fáciles, y que ha salido airosa de muchos encuentros difíciles, de algunos de los cuales yo he sido testigo, sale más que airosa en esta donación de su palabra y su talento.

Y esto lo logra su transparencia, a pesar de que ella, en su poema “Afuera el sol”, dice preferir que el astro rey no ilumine “mi cansancio / ni que arruine la fiesta de mis sombras” y es que, todo auténtico poeta, como es su caso, no domina su propia poesía, todo lo contrario: la poesía domina al poeta.

Cuando un escritor, no tiene que ser necesariamente un poeta, puede ser un narrador o un cronista, cuando un escritor va madurando en su camino vital, puede darse el lujo y hasta tener la osadía de utilizar las palabras novedosamente, de decir de otra forma, a veces atrevidamente, lo que otros seguramente han dicho antes, pero decirlo en forma… luminosamente nueva. Janisset, que es todavía joven, pero avanza en el camino de su superación expresiva, lo logra ya cuando dice, por ejemplo, en su poema “Oscuridad” … “la oscuridad es el reino donde habitan las lunas desahuciadas”.

Janisset Rivero durante el evento en el Museo Americano de la Diaspora Cubana.
Janisset Rivero durante el evento en el Museo Americano de la Diaspora Cubana.

De igual manera, según vamos avanzando en edad, se acentúa más en nosotros -excepto en los arrogantes y en los insoportablemente narcisistas- se acentúa en nosotros, seamos poetas o no, escritores o no, el espíritu reflexivo, comenzamos a entender las lecciones de nuestras propias experiencias, y esto nos impulsa y nos obliga, pues, vaya, a filosofar.

¡Ah! Pero si eres poeta, ese filosofar lo expresas de una manera muy tuya, muy nueva y que, por su propia magia expresiva, quienes te oyen o te leen, te entienden instintivamente y hacen suyas tus palabras. Esto me ocurre a mí y estoy seguro que le ocurrirá a todos ustedes, cuando tropiecen, en este poemario, con un poema llamado “Llama” y Janisset nos diga: “Lo que no puede ser, y es sin saberlo, duele”.

Por último, quiero señalar algo que distingue a los poetas y a las poetisas de determinada nacionalidad, de todos los demás. Según nos cuenta San Lucas, Jesús de Nazaret, dijo a los que le escuchaban, en cierta ocasión, que la boca habla de lo que abunda en el corazón.

No nos puede extrañar, pues, que, cuando un poeta escribe, cuando vacía su alma en una hoja de papel, si ese poeta es cubano, Cuba se le escapa del corazón y, de alguna manera, se acurruca en el poema, aunque la palabra Cuba no aparezca en él. Y ese misterio, esa Cuba acurrucada en el poema, solamente puede ser descubierta por el cubano o la cubana que lo lee.

En este poemario hay, por lo menos, tres poemas donde el cubano de estos tiempos descubre a Cuba así, inevitablemente. Uno de esos poemas es el titulado “Estrecho” que yo quiero compartir con ustedes. Dice así: Eran blancas las rosas / en el agua. / En el fondo / reposaban leves / los cuerpos del oprobio. / Eran hondas / las olas del Estrecho: / mar que arremolina muerte, / azul plagado de recuerdos. / Están deshechos / los brazos de los niños. / Un manto de lágrimas / los cubre. / Hemos llorado tanto / y tan profundo…/ los niños y sus sueños infantiles; / sus voces, son secretos imposibles, / hundidos para siempre / en aquel lecho.

!Gracias, Janisset! Gracias por transparentarte en estos versos íntimos, valientes, capaces de dialogar con la luz, capaces de transmitirnos su luz.

¡Gracias por haberme confiado el gozo y el privilegio de esta presentación!

Y gracias a ustedes, queridos amigos, por el estoicismo de escuchar benevolentemente a este simple emborronador de cuartillas que, a veces, se atreve, como lo está haciendo ahora, a compartir con los grandes. Que puedan ustedes dialogar con la luz.



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