Rumiación: por qué pensar mucho puede ser un problema y cómo impacta en la salud mental


La psicología clínica distingue la rumiación de la reflexión profunda y de la planificación, porque no conduce a una resolución activa del problema (Imagen Ilustrativa Infobae)

Existe una trampa silenciosa en la que cae buena parte de las personas que se consideran reflexivas, analíticas o precavidas: la ilusión de que pensar más sobre un problema equivale a avanzar hacia su solución. La psicología clínica acumula décadas de evidencia que desmonta esa creencia.

El proceso que se esconde detrás del llamado overthinkingpensar en exceso— tiene un nombre técnico preciso: rumiación —un patrón de pensamiento repetitivo, pasivo y difícil de detener, orientado hacia errores del pasado, pérdidas o amenazas percibidas—.

El cerebro actúa como si un ciclo adicional de análisis fuera a producir, en algún momento, una salida. Pero esa salida no aparece: el circuito se refuerza y el malestar se prolonga. Sus consecuencias sobre la salud mental son considerablemente más graves de lo que el sentido común sugiere.

La rumiación no es sinónimo de reflexión profunda ni de planificación cuidadosa. A diferencia de la deliberación orientada a la acción, no genera resolución: mantiene al individuo anclado en una revisión circular del mismo material sin avanzar hacia ninguna modificación concreta de las causas.

Qué ocurre en el cerebro cuando se rumia

A nivel de neurociencia, la rumiación se asocia a una sobreactivación de la llamada red neuronal por defecto (en inglés, default mode network o DMN) —un conjunto de regiones cerebrales que se activa cuando la mente no está orientada a una tarea concreta y tiende al autoenfoque—. Cuando una persona rumia, esa red se mantiene activa de manera crónica, con un sesgo marcado hacia la información negativa y una reducción de la capacidad de regulación emocional.

Silueta lateral de un cerebro humano transparente con estructuras neuronales al fondo. En su interior, múltiples flechas y círculos luminosos en tonos azules y púrpuras.
Un estudio del Laureate Institute for Brain Research vinculó la rumiación en personas con depresión mayor con mayor actividad neural durante tareas de control cognitivo (Imagen Ilustrativa Infobae)

Un estudio del Laureate Institute for Brain Research, con sede en Tulsa, Oklahoma, encontró que en personas con trastorno depresivo mayor, una mayor intensidad de rumiación se asociaba a una actividad neural más elevada en las regiones frontoparietales del cerebro —las zonas vinculadas al control cognitivo (la capacidad de dirigir la atención y gestionar el comportamiento de forma deliberada)— durante tareas que requerían esfuerzo inhibitorio elevado. El hallazgo apunta a que rumiar no solo consume energía mental, sino que la hace menos eficiente precisamente cuando más se la necesita.

La Journal of Clinical Psychiatry publicó un análisis multidisciplinario que describió la rumiación como “un ciclo amplificador en el que el pensamiento negativo repetitivo y el afecto negativo se deterioran mutuamente con el tiempo”. Esa retroalimentación entre estado de ánimo y pensamiento circular es uno de los mecanismos centrales por los que la rumiación prolonga y profundiza los episodios depresivos.

La red neuronal por defecto también aparece en los estudios de neuroimagen sobre caminatas en la naturaleza. Una investigación publicada en las actas de la Proceedings of the National Academy of Sciences comparó una caminata de 90 minutos en un entorno natural con otra equivalente en un área urbana.

El grupo que caminó en la naturaleza mostró una reducción tanto en la rumiación autorreportada como en la actividad del córtex prefrontal subgenual —una región cerebral ubicada bajo el pliegue frontal del cerebro, directamente vinculada al autoenfoque negativo y a los estados de ánimo depresivos—. El grupo urbano no registró ningún cambio. El dato refuerza la idea de que intervenir sobre el entorno físico puede alterar, de forma directa, los patrones de pensamiento.

La investigadora que más hizo por convertir la rumiación en un objeto de estudio riguroso fue Susan Nolen-Hoeksema, psicóloga de la Universidad de Yale, cuyo trabajo seminal data de 1991.

Una mujer de espaldas camina por un sendero en un bosque. Árboles con musgo, helechos y flores pequeñas. Rayos de sol atraviesan las hojas verdes.
La Asociación Americana de Psiquiatría diferencia la rumiación de la preocupación y señala que la primera se vincula más con la depresión que con la ansiedad (Imagen Ilustrativa Infobae)

En un artículo publicado en el Journal of Abnormal Psychology, Nolen-Hoeksema propuso la llamada “teoría de los estilos de respuesta”, según la cual rumiar —en contraposición a distraerse— prolongaba activamente los síntomas de la depresión, y definió la rumiación como “una forma de responder al malestar en la que el individuo piensa de manera repetitiva y pasiva sobre sus síntomas y sus posibles causas y consecuencias, sin iniciar la resolución activa del problema que podría modificar esas causas”.

Esa distinción entre pensar sobre el problema y actuar sobre él es, según la investigadora de Yale, la clave de por qué la rumiación fracasa como estrategia. Ese texto desencadenó lo que los propios círculos académicos describen como una explosión de investigación: hoy se publican más de 8.000 trabajos anuales relacionados con el tema.

Aunque en el lenguaje cotidiano los tres términos suelen usarse de manera intercambiable, la psicología clínica establece diferencias operativas entre ellos. La preocupación se orienta al futuro y se expresa en preguntas del tipo “¿y si pasa…?”. Puede resultar angustiante, pero en ciertos casos tiene una función adaptativa porque impulsa a planificar o a prepararse para escenarios posibles.

La rumiación, por el contrario, dirige la atención al pasado o al propio yo: aparece como pensamientos del tipo “¿por qué soy así?” o “¿por qué hice eso?”, y se caracteriza por ser circular, persistente y cargada de autocrítica.

Ambos procesos integran lo que la Asociación Americana de Psiquiatría (American Psychiatric Association, APA) denomina “pensamiento negativo repetitivo” —un patrón de cognición persistente y difícil de interrumpir que no conduce a la resolución del problema—. La preocupación tiende a generar más ansiedad, mientras que la rumiación genera más depresión, aunque ambas se retroalimentan entre sí y pueden coexistir en el mismo episodio clínico, según destacan los expertos.





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