cuando la imitación redefine el valor del lujo – El Financiero



México es uno de los países líderes de América Latina en producción de piratería, al lado de Brasil y Paraguay. Se estima que esta práctica genera pérdidas de entre 40,000 y 60,000 millones de pesos anuales y afecta a todos los sectores comerciales. En el país, la piratería se ha normalizado con el tiempo, tanto en los tianguis y mercados como, más recientemente, a través de las plataformas digitales.

Los productos piratas siguen siendo sinónimo de ‘chafa’ o de baja calidad, en un contexto en el que cada consumidor opera bajo su propio sistema de valores respecto a lo que está dispuesto a comprar pirata y lo que no. Alrededor de 2020, durante la pandemia, las redes sociales, especialmente TikTok, impulsaron la evolución de la tendencia de los productos “dupes”, lo que trajo consigo un cambio en los hábitos de consumo, particularmente entre la Generación Z.

Los “dupes” habitan en una zona gris: son productos legales que no copian ni roban directamente a las marcas, sino que se inspiran en su estética y estilo. Si bien son productos muy parecidos a los de una marca reconocida, no llevan su logotipo ni su nombre; el objetivo es ofrecer una alternativa asequible sin hacerle creer al comprador que está adquiriendo un producto original.

Existen tres grandes razones por las que los “dupes” han tenido éxito, y todas apuntan a que los hábitos de consumo se están reconfigurando.

La primera es la aceleración de tendencias impulsadas por redes sociales. Hoy, estas plataformas funcionan como la puerta de entrada a las recomendaciones de influencers para millones de consumidores. Las tendencias cambian con tal rapidez que resulta lógico optar, por ejemplo, por un rubor que cuesta $100 en lugar de uno de $400, sobre todo si el empaque luce prácticamente igual.

La segunda es la situación económica. Han proliferado cuentas dedicadas a consejos y tips de ahorro, lo que incluso ha generado una especie de competencia por encontrar los mejores productos o los más parecidos a los de marcas reconocidas al mejor precio. Los autoproclamados expertos en ahorro comparten sus hallazgos con los usuarios y así la audiencia se suma a la tendencia de moda, obteniendo estatus sin tener que desembolsar lo que costaría un artículo de marca.

La tercera es la disminución de la lealtad hacia las marcas. Las nuevas generaciones muestran mayor interés por la estética y el “vibe” que por tener productos de una marca específica. Además, el descubrimiento de nuevas marcas y la adquisición de productos únicos o de edición limitada se perciben como algo “icónico”.

Lo que resulta evidente es que las marcas han tomado nota, pues se están viendo afectadas. Recientemente una marca de joyería emitió un comunicado en el que informó a sus clientes que les es imposible autenticar sus propios productos una vez que salen de la tienda, debido a que estos “dupes” son tan buenos que no se distinguen de los originales. Esto pone en riesgo a las marcas que sostienen su propuesta de valor, en gran medida, en la exclusividad.

En el fondo, este cambio en las decisiones de compra revela una transformación profunda en la relación entre consumidor, marca y valor simbólico. En una era donde la apariencia puede replicarse y el acceso importa más que la autenticidad, el lujo deja de ser un objeto y se convierte en una narrativa en disputa. La pregunta ya no es quién puede pagar el original, sino quién logra construir la ilusión más convincente.



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