
“No somos salvajes, no somos animales, no somos aliens. Somos humanos. Somos americanos”, dijo Benito Antonio Martínez Ocasio, Bad Bunny, al recibir un premio Grammy el 1 de febrero.
Una semana después, en San Francisco, en el medio tiempo más visto del Super Bowl, el cantante puertorriqueño reivindicó la cultura latina y a América para todos los países del continente, con lo que nutrió la ira de Donald Trump.
¿Cómo explicar el fenómeno Bad Bunny, sobre todo a quienes —como el autor de esta columna— suelen permanecer lo más lejos posible del sonido del reguetón y géneros similares?
La Revista de Occidente, creada por José Ortega y Gasset en 1923, publicó en su número de octubre de 2025 (533) un artículo de Lourdes Moreno Cazalla, “La música urbana latina, el poder blando del español en la cultura global”, en el que hace un recuento de cómo los artistas latinos han dejado atrás la marginalidad para situarse en el centro de la industria musical del orbe.
Moreno Cazalla apunta que ya en 2023 la revista TIME había hecho algo inédito en sus cien años de historia, al titular su portada por primera vez en español: “El mundo de Bad Bunny”.
Era la expresión de un fenómeno que no es espontáneo ni coyuntural: en las últimas décadas se verificó un profundo cambio en la circulación de los productos culturales en el mundo globalizado.
En los años noventa tuvo lugar “The Latin Explosion”, cuando se buscó atraer a nuevas audiencias con lanzamientos bilingües a través de figuras como Ricky Martin, Shakira o Enrique Iglesias, que se sumaban a artistas latinos nacidos en Estados Unidos como Selena, Marc Anthony y Jennifer López. Eran “güeros” que proyectaban “estereotipos o modelos aspiracionales” para “priorizar un español genérico de acentos neutros y así maximizar la audiencia”.
Eso cambia en el siglo XXI: “La tecnología y la demografía son dos factores clave para la evolución de la música en español”, explica Moreno Cazalla. Con las plataformas digitales se ha dado “una desintermediación de la industria musical tradicional en la cadena de valor y alteración de los modelos de negocio que históricamente regían la circulación cultural”.
El español es la segunda lengua materna en el planeta —tras el chino mandarín— y los hispanohablantes son el segundo grupo más numeroso después de los blancos en Estados Unidos.
En esta década, la música urbana latina fue de la periferia al núcleo del mercado global, dominado por el formato digital, en el que representa entre una cuarta y una quinta parte de las canciones incluidas en los rankings globales de los principales servicios de música de streaming.
Las nuevas tecnologías han alterado las formas de difusión, viralización y consumo. No se necesita estar y producir más en Estados Unidos para penetrar su mercado, vender y triunfar en él. Las tendencias ahora se crean y modifican por las descargas en Medellín, Barcelona, San Juan o Buenos Aires.
En ese contexto, Bad Bunny se ha vuelto un referente cultural e incluso de resistencia dado que sólo compone e interpreta en español. Pero es, sobre todo, un contundente éxito comercial: por tres años consecutivos logró ser el artista más escuchado del mundo en Spotify y su disco DeBÍ TiRAR MáS FOToS (2025) vendió más de un millón de copias en Estados Unidos y 8.8 millones en todo el orbe. Por eso estuvo en el Super Bowl: el apego al negocio de la NFL le permitió ignorar las fobias de Trump.
Bad Bunny habla más claro que canta, como evidenció en los Grammy, y no canta en cualquier lugar: descartó hacer una gira en los Estados Unidos para no dar pie a redadas del ICE contra inmigrantes.
La proyección de Bad Bunny trasciende el continente americano: en un día agotó 600 mil entradas para diez conciertos que dará en junio en el Estadio Metropolitano de Madrid, varias veces las ventas de Taylor Swift cuando llenó dos veces el Santiago Bernabéu en 2024. Bad Bunny es el artista que ha vendido más entradas a conciertos en España en una década y media.
Hay un pertinente debate sobre los contenidos de las letras de la música urbana latina, pues con frecuencia normalizan comportamientos machistas y misóginos.
Pero lo cierto es que esta irrupción de abajo hacia arriba de la música urbana en español, irreverente, tiene más que aportar a la defensa de la identidad hispana en Estados Unidos que la agenda políticamente correcta que quiso llamarles “latinx” o “latin@”, en un alarde de autoritarismo cultural disfrazado de progresismo.
