La tecnología no sólo es innovación, también es acceso – El Financiero



Con cada inicio de año reaparece un ritual conocido: formular propósitos ambiciosos que, en muchos casos, se diluyen a las pocas semanas. No suele tratarse de falta de voluntad ni de compromiso, sino de una realidad más estructural: la aceleración de la vida cotidiana dificulta sostener cambios profundos de hábito en el tiempo.

¿Cómo reducir el uso de redes sociales cuando el teléfono es una extensión permanente de nuestra mano? ¿Cómo optimizar el tiempo cuando, solo en la Ciudad de México, una persona promedio pierde 152 horas al año, el equivalente a seis días completos, atrapada en el tráfico? ¿Cómo incorporar el ejercicio en la rutina de quienes salen de casa antes del amanecer y regresan ya entrada la noche? Frente a desafíos tan complejos, no existen respuestas simples ni universales. Sin embargo, quizá el punto de partida está en aquello que ya forma parte de nuestro día a día: la tecnología.

Durante décadas, la tecnología se evaluó bajo métricas claras y cuantificables: velocidad, alcance y eficiencia. Más rápido, más grande, más inmediato. Hoy, sin embargo, en un entorno saturado de pantallas, alertas y estímulos constantes, emerge una pregunta distinta y más relevante: ¿para qué sirve realmente la tecnología que utilizamos todos los días?

La respuesta comienza a tomar forma cuando la tecnología deja de competir por atención y empieza a generar sentido. Cambiar el impulso automático de abrir redes sociales por el consumo de noticias, contenidos culturales o lectura digital es un primer paso. Aprovechar el tiempo en el tráfico para escuchar un podcast, un audiolibro o una conferencia es otro. Incluso trasladar el ejercicio a casa mediante plataformas digitales puede eliminar barreras logísticas que antes parecían insalvables. La tecnología abre un abanico de posibilidades que cabe, literalmente, en la palma de la mano; el verdadero reto no es su disponibilidad, sino aprender a reconocer su potencial y utilizarla con propósito.

Desde esta lógica surgen plataformas que buscan integrarse con naturalidad a la vida cotidiana y replantear el uso de la tecnología. No para acelerar el consumo, sino para demostrar que también puede facilitar el acceso a la cultura y al conocimiento. Leer en el transporte o escuchar un audiolibro entre pendientes ya no es la excepción y se vuelve parte del día a día.

La innovación, entonces, deja de medirse por la cantidad de funciones y comienza a evaluarse por su impacto en la experiencia diaria de las personas. Acompañar hábitos existentes y nuevos, sin exigir tiempo extra ni condiciones ideales.

En ese ecosistema es necesario llegar con propuestas que entiendan los ritmos reales de la vida contemporánea. Por ejemplo, la lectura, una de las prácticas más antiguas de conexión humana, no está apartada con la tecnología si esta se diseña para acompañar y no para competir por atención.

Este enfoque pone a las personas en el centro y amplía el acceso a historias, conocimiento y cultura. Democratizar la lectura también implica habilitar nuevas formas de conexión y aprendizaje, especialmente para quienes no siempre tienen acceso a libros físicos o a espacios tradicionales. Quizá el futuro no consista en tener más tecnología, sino en usarla mejor: crear experiencias que acompañen, no saturen, y que nos ayuden a reconectar con lo esencial.



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