
La tensión entre Pakistán y Afganistán ha cruzado un punto de no retorno. Tras meses de escaramuzas y atentados, ambos gobiernos han reconocido oficialmente este viernes la existencia de un conflicto armado abierto, marcando la crisis más grave en la región en las últimas décadas.
El punto de quiebre se produjo tras una serie de operaciones aéreas de las Fuerzas Armadas de Pakistán sobre Kabul y otros núcleos urbanos afganos. Estas acciones fueron justificadas por Islamabad como una respuesta necesaria a bombardeos previos en suelo paquistaní.
El ministro de Defensa de Pakistán, Khawaja Muhammad Asif, fue tajante al confirmar el inicio de las hostilidades a gran escala a través de sus redes sociales:
“Nuestra paciencia se ha desbordado. Ahora hay una guerra abierta entre nosotros. Pakistán no dudará en defender su integridad territorial ante cualquier amenaza”.
En la misma línea, el presidente paquistaní, Asif Ali Zardari, respaldó la ofensiva calificándola de “decisiva y necesaria”, asegurando que la seguridad nacional no es negociable.
Por su parte, el régimen talibán en Kabul ha respondido con ataques de drones dirigidos a objetivos militares estratégicos dentro de Pakistán.
Aunque Islamabad asegura que sus sistemas de defensa interceptaron las naves sin registrar víctimas, el portavoz del gobierno afgano denunció las incursiones paquistaníes como una “violación flagrante de la soberanía nacional”.
A pesar de la retórica belicista, Kabul aún no ha emitido un balance oficial de daños ni ha formalizado una queja ante organismos internacionales, manteniendo una opacidad que dificulta medir el impacto real de los bombardeos en territorio afgano.
Mientras Islamabad sostiene que fuerzas afganas realizaron disparos transfronterizos no provocados, obligando a una respuesta inmediata, el Ministerio de Defensa afgano afirma que las tropas paquistaníes abrieron fuego primero contra patrullas de rutina en la frontera.
Lo cierto es que las relaciones han caído a su punto más bajo. Desde octubre, los enfrentamientos en los pasos fronterizos han dejado un saldo de al menos 70 muertos, una cifra que amenaza con dispararse ante el despliegue de artillería pesada y aviación.
La comunidad internacional observa con alarma este foco de inestabilidad en el sur de Asia.
El secretario general de la ONU, António Guterres, ha hecho un llamado urgente al cese de las hostilidades, advirtiendo que una guerra prolongada entre dos potencias regionales podría desatar una crisis humanitaria catastrófica.
