Un nuevo estudio reveló por qué los recuerdos traumáticos se sienten como si ocurrieran en el presente: el cerebro de las personas con trastorno de estrés postraumático (TEPT) pierde la capacidad de actualizarse y queda atrapado en el pasado, incapaz de registrar que la amenaza ya no existe.
La investigación, publicada en un artículo en Psychology Today, fue realizada por la Dra. Ruth Lanius y Lauren Rudolph, y constituye el primer estudio en analizar las conexiones de todo el cerebro mientras las personas recuerdan memorias traumáticas.
El trabajo compara los patrones cerebrales de personas con TEPT clásico, con el subtipo disociativo del TEPT y con individuos que vivieron un evento traumático pero no desarrollaron el trastorno. Todos los participantes recordaron un recuerdo neutro y uno traumático durante una resonancia magnética funcional (RMf), lo que permitió observar en tiempo real cómo se activan y comunican las distintas regiones del cerebro ante ese tipo de memorias.

El hallazgo central apunta a una desconexión entre dos grandes sistemas cerebrales. En los pacientes con TEPT, el cerebro de supervivencia —mesencéfalo (la región que regula respuestas automáticas de alerta) y cerebelo— no se comunica adecuadamente con el cerebro reflexivo, la corteza cerebral. Esa conexión es indispensable para que una persona recupere la sensación de seguridad después de un trauma.
El cerebelo cumple una función de predicción: compara constantemente lo que el cerebro esperaba que sucediera con lo que realmente ocurrió. Si alguien prevé que va a correr ante un peligro, pero termina paralizado, el cerebelo detecta ese error y le informa a la corteza cerebral. A su vez, la corteza le envía información actualizada: que la persona ahora está a salvo. En el TEPT, esa cadena de actualización se rompe. Los centros de predicción quedan atascados con datos del pasado y nunca reciben la señal de que el peligro cesó.
El estudio también detectó un fenómeno llamativo: en personas con TEPT, las conexiones dentro del cerebelo aumentan durante el recuerdo traumático. Eso significa que el cerebelo empieza a funcionar de forma autónoma, desconectado de las áreas que podrían informarle que el contexto cambió. Un veterano de guerra que escucha un petardo en una reunión familiar y corre a cubrirse ilustra este mecanismo: su cerebro no distingue ese sonido del de un disparo en combate, porque sus centros de predicción siguen anclados en la experiencia original.
El mismo proceso opera en situaciones cotidianas: si alguien casi es atropellado en una esquina que recorre a diario, es esperable que en los días siguientes tome más precauciones al cruzar. Con el tiempo, después de varios cruces sin incidentes, el cerebro actualiza la información y comprende que el lugar volvió a ser seguro. En el TEPT, ese proceso de actualización falla, y el cerebro continúa anticipando amenazas cada vez que enfrenta un recordatorio del trauma, sin importar cuán seguro sea el entorno real.
El subtipo disociativo: cuando el cuerpo también se desconecta

El estudio de Lanius y Rudolph también aportó evidencia sobre por qué las personas con el subtipo disociativo del TEPT experimentan una sensación de extrañeza o desconexión al enfrentarse a recuerdos traumáticos. En estos pacientes, se detectaron conexiones más débiles entre áreas cerebrales que procesan la información visual, la sensorial y la relacionada con el movimiento del cuerpo. Esa falta de coordinación genera desorientación incluso cuando el entorno real envía señales de que todo está bien.
Esta condición puede describirse con una imagen cotidiana: sería como intentar agarrar un vaso de agua sin saber dónde está la propia mano. La información sobre el cuerpo no llega a integrarse con lo que los ojos ven, y el resultado es una sensación de irrealidad que impide anclarse en el presente.
Este tipo de disociación había sido estudiado previamente desde una perspectiva funcional. Un trabajo publicado en BJPsych Advances, la revista académica de la Asociación Psiquiátrica Británica, centrado en la naturaleza de los flashbacks como síntoma exclusivo del TEPT, estableció que estas experiencias involucran material multisensorial descontextualizado: imágenes, sonidos, sensaciones corporales y acciones que se reexperimentan como si ocurrieran en el presente. Durante el trauma, la información no se codifica con suficiente contexto temporal y espacial, por lo que cualquier recordatorio posterior activa la respuesta como si la amenaza fuera actual.
Otro estudio, publicado en NeuroImage Reports por investigadores de la Universidad de Western —institución donde Lanius es profesora de Psiquiatría y directora del programa de investigación clínica sobre TEPT—, analizó específicamente los patrones de conectividad del hipocampo anterior y posterior durante el recuerdo de memorias traumáticas. El hipocampo anterior —más vinculado al procesamiento emocional— y el posterior —más involucrado en la memoria espacial y contextual— mostraron alteraciones distintas según el subtipo de TEPT.
El hipocampo posterior presentó las alteraciones más extensas en pacientes con el subtipo disociativo, con conexiones anómalas entre el cerebelo anterior, la corteza sensoriomotora —la región que integra información sobre el movimiento y las sensaciones del cuerpo— y áreas visuales del lóbulo occipital —la zona del cerebro dedicada al procesamiento de imágenes— durante el recuerdo de lesiones morales. Esas conexiones anómalas se vinculan con la naturaleza descontextualizada y fragmentada de las memorias traumáticas en este grupo y, según los autores del trabajo, podrían reducirse como resultado de un tratamiento exitoso.
