
Ximena Ballinas es, en muchos sentidos, una mujer gestada en los pasillos de la UNAM y en el espíritu de 1968. Su origen es una leyenda familiar: sus padres se conocieron estudiando Derecho en la Máxima Casa de Estudios y quedaron embarazados de su hija mayor en pleno movimiento estudiantil. La niña nació en mayo de ese año emblemático; sus padres, para no faltar a clases, la dejaban dormida en un vocho en el estacionamiento, bajo el cuidado de un “viene-viene” que les avisaba en el salón si la niña despertaba o lloraba. El 2 de octubre, mientras su padre hacía brigadas, la madre y la bebé esperaban en el coche, en pleno Tlatelolco. Ximena, la cuarta de cuatro hijas, llegó cuando la historia familiar ya estaba más asentada, pero heredó esa mezcla de pasión académica y política que definía a su hogar.
Su árbol genealógico es un mapa de contrastes mexicanos. Por un lado, padre michoacano, oriundo de Jiquilpan –el pueblo de Lázaro Cárdenas–, que llegó a la colonia Santa María la Ribera en la Ciudad de México para estudiar y terminó dedicando su vida entera a la política. Por el otro su madre, hija de una partera de la colonia Romero Rubio y de un español muy guapo, de quien se cuenta que dejó 25 hijos repartidos por todo el país. Ximena Ballinas creció viendo a su madre equilibrar la crianza con la docencia de civismo, mientras su padre habitaba los pasillos del poder.
Aunque su facilidad por las matemáticas parecía empujarla hacia otro lado, el histrionismo la reclamó desde temprano. Tenía una chispa “exhibicionista y dramática”, según su padre, que nunca se apagó. Sin embargo, Ximena poseía una mente que también encontraba paz en la lógica. Hubo un momento en que consideró estudiar Economía en el ITAM. Le apasionan los números, la ciencia exacta, lógica pura que cuadra. Ballinas sostiene que los grandes actores son también buenos en matemáticas; hay un orden en el caos creativo que los números y el buen teatro comparten.
Su formación académica fue un milagro. Empezó historia del arte en la Ibero, pero sintió que le faltaba algo y se mudó a la UNAM para estudiar Literatura Dramática y Teatro. Cuando la huelga paralizó la universidad, regresó a la Ibero un tiempo, solo para volver a la UNAM cuando los pasillos se reabrieron. En medio de ese torbellino, un casting accidental para un programa cómico le abrió las puertas de Televisa. Allí conoció a Odin Dupeyron, quien le sugirió entrar al Centro de Educación Artística para obtener el “gafete” necesario para trabajar en la tele.
La respuesta que recibió del coordinador del CEA, Nacho Ortiz, fue un baño de realidad: “Como tú, salen 150 egresadas de aquí al año. Ellas nos cuestan, así que el trabajo se los daremos a ellas”. El reto la llevó a inscribirse en el grupo especial del CEA. Durante un año, Ximena vivió una doble vida: traía en la cajuela de su coche cambios de ropa para la escuela y la televisión. Se graduó de ambos mundos, aunque nunca se tituló porque el trabajo la absorbió de inmediato.
Ballinas actuó en telenovelas icónicas como Amor Real y La Potra Zaina, y condujo programas de radio sobre sexualidad junto a María Almela, reeducando a la audiencia mientras ella misma exploraba la versatilidad de su carrera. Sin embargo, la actuación en México es un camino de espinas económicas. Ballinas lo tiene claro: de actuar en México no se vive. Recuerda con nostalgia y orgullo montajes como Divinas Palabras, en la UNAM, donde ensayó durante un año completo sin paga –algo que en Broadway sería un lujo remunerado– para dar funciones solo tres meses porque no hay público para más. “Es una carrera dura; si me hubiera quedado solo en ese camino, habría desertado”, confiesa.
Fue Miguel Ángel Herros quien cambió el curso de su vida profesional al ofrecerle dirigir. Ximena se resistió inicialmente: “A mí lo que me gusta es actuar”. Pero Herros, con la contundencia de quien conoce la industria, le espetó: “Como actriz se muere de hambre; usted tiene la preparación para dirigir”. Empezó como directora de diálogos, una suerte de coach que pule las escenas una vez montadas, y desde hace 10 años es una de las directoras base de la exitosísima Rosa de Guadalupe.
La dirección le dio algo que la actuación no podía: el control total y una estabilidad compatible con la maternidad. Mientras que un actor pasa horas interminables esperando en un camper, el director está en el centro del incendio, resolviendo desde fallas técnicas hasta problemas de vestuario. Ximena Ballinas ha rechazado dirigir telenovelas –que exigen desapariciones de casa por ocho meses, de sol a sol– para priorizar a sus hijos. En la producción actual, ha encontrado un ritmo noble: semanas de preparación, juntas de elenco y tres días de grabación intensa que le permiten estar presente el resto del tiempo.
Hoy, Ximena Ballinas dirige alrededor de 26 escenas diarias, una gimnasia creativa que contrasta con las producciones de plataformas como Netflix, donde se graban apenas tres o cuatro. Aunque sueña con producir su propia serie con libertad creativa, se siente afortunada. Sabe que es parte del escaso porcentaje de su generación que vive de lo que ama. Ha encontrado en la silla de directora el punto de fuga donde su pasión por el teatro, su mente matemática y su necesidad de ser madre convergen sin romperse. Ballinas ya no espera a que le den un papel; es ella quien decide cómo se cuenta la historia.
