Un policía que dejó la operación para armar estrategias de inteligencia – El Financiero



La primera vez que Alejandro de Garay salió a la calle uniformado y armado tenía la sensación exactamente contraria a la que debía tener. En vez de miedo, euforia. “Yo venía virgen, feliz, porque era la primera vez que salía”, cuenta. No entendía todavía que ya no era un joven cualquiera manejando rumbo a Michoacán, sino un blanco: alguien a quien todo mundo mira, alguien a quien alguien más puede estar vigilando. Esa comisión –su primera– le llegó con media hora de aviso. Así funciona la vida operativa: poco puede anticiparse.

Alejandro de Garay tiene 30 años recién cumplidos y ya lleva una década metido en el trabajo más duro de la seguridad pública mexicana: operaciones tácticas, inteligencia, secuestros, extorsión. Habla con la cadencia de quien ha repetido la historia varias veces –porque se la han preguntado varias veces–, pero también con la convicción de quien cree que algo está cambiando.

El origen de esa vocación no está en una película ni en un episodio traumático. Está en su abuelo, egresado del Colegio Militar a los 16 años, que terminó como secretario particular del presidente Miguel de la Madrid. “Yo era un niño más interesado en temas de política, de historia, de las guerras mundiales”, dice. Ese abuelo –hijo, a su vez, de un actor de la Época de Oro que apareció en cintas junto a Pedro Infante– fue su espejo. No fue Omar García Harfuch. Eso viene después, y por un camino menos directo de lo que puede asumirse.

Alejandro de Garay conoció a García Harfuch cuando todavía era menor de edad. Le pidió, con 16 o 17 años, la oportunidad de entrar a la policía. En ese entonces García Harfuch era coordinador estatal de la Policía Federal en Guerrero, y la respuesta fue, en el mejor de los casos, “búscame cuando seas mayor de edad”. “En ese momento ni me peló”, admite De Garay, sin rodeos. No hubo padrinazgo; hubo un adolescente insistente al que nadie tomó en serio. Todavía.

Sus padres, dice, nunca han dejado de preocuparse. Su madre, sobre todo, nunca digirió del todo que su hijo abandonara Derecho en la UNAM para hacerse policía operativo. Él nunca les contaba a dónde iba ni qué hacía; no tenía sentido preocuparlos de más.

Su entrada real fue por otra puerta: la Procuraduría General de la República. En 2016, De Garay ingresó a la Agencia de Investigación Criminal. Empezó con meses de adiestramiento –armamento, tiro de precisión, combate cercano, medicina táctica, navegación en montaña– antes de salir a operar. Parte de esa formación la completó con fuerzas especiales de Estados Unidos: el séptimo grupo de boinas verdes y el octavo grupo de operaciones especiales de la Marina, los llamados Raiders.

Su camino y el de García Harfuch se cruzan de forma sostenida. Cuatro años después, cuando éste deja la Agencia de Investigación Criminal para encabezar la Secretaría de Seguridad Ciudadana de la Ciudad de México y llama a su equipo de PGR a sumarse. Ahí, De Garay no repite tarea: le toca construir desde cero un área que no existía, la que hoy es la Unidad Metropolitana de Operaciones Especiales. “Fue un reto”, resume, “hubo que reclutar, adiestrar y operar al mismo tiempo”. La unidad sigue funcionando y su modelo se ha replicado ya a escala federal. El suyo es uno de los pocos casos de un veinteañero levantando una corporación de operaciones especiales desde los cimientos.

De ahí pasó a la Subsecretaría de Inteligencia e Investigación, donde armó un equipo mayor de apoyo a las áreas de secuestros y extorsión, y en 2024 dio el salto que él mismo describe como el más inesperado: dejar la operación para hacer política pública. Hoy trabaja en el diseño de estrategias de combate a la delincuencia dentro de la Secretaría de Seguridad y Protección Ciudadana federal, un cargo de gabinete que, según cuenta, no buscó. “Hubo un proyecto que se frustró durante meses”, dice, refiriéndose a una encomienda que finalmente no se concretó, “y de ahí me quedó claro que tenía que hacer algo con mayor impacto, que no le pegara nada más a los 100 policías que estaban a mi cargo, sino a todos los policías del país”.

Ese giro produjo también su tesis más ambiciosa, la que repite con entusiasmo de converso: blindar constitucionalmente las capacidades acumuladas por las instituciones de seguridad, para que ningún gobierno futuro pueda desmantelarlas por una decisión política. Cita los ejemplos de Francia y Alemania, donde ciertas cláusulas –llamadas de intangibilidad o pétreas– impiden regresar a formas de gobierno ya superadas. Su argumento: si México acumula capacidades policiales durante 20 o 30 años y luego llega alguien que las recorta por gusto o por ideología, todo el esfuerzo se pierde. Blindarlas, dice, no es volverlas rígidas, sino garantizar que solo se puedan mejorar, nunca desmontar.

De Garay habla del futuro sin pudor: menciona la Cámara de Diputados, el Senado, una fiscalía, hasta la Secretaría de Seguridad, aunque se corrige de inmediato –“no estoy buscando cargos”– y aterriza en algo más creíble: extraña la calle. “Sí, cien por ciento. Espero que muy pronto otra vez pueda estar ahí”, dice de la operación que dejó por el escritorio. Es un hombre de gabinete que todavía sueña con la guardia de 24 horas.

Le pregunto a dónde quiere llevar su carrera en los próximos 10 años y no contesta con un cargo: dice que no le toca a él decidirlo, sino obedecer lo que Dios le ponga enfrente. El motor no es la ambición política: es su fe cristiana. “Entendí que el siguiente paso no era salir de la seguridad, sino llevarla a otro nivel: pasar de la operación a contribuir en la construcción del rumbo. Tenía dos opciones: no hacer nada y ver pasar el tiempo, o contribuir con lo que Dios había puesto frente a mí, sin garantías de nada”.



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