
México cuenta desde hace años con los elementos estructurales necesarios para escalar pagos instantáneos: una infraestructura respaldada por el banco central, interoperabilidad bancaria a través de SPEI y una agenda pública sostenida en torno a la inclusión financiera. Sin embargo, CoDi y DiMo aún no han logrado traducir esta base en adopción masiva.
Los datos reflejan esta desconexión. Según la CNBV, al cierre de 2024 CoDi registraba aproximadamente 307 mil transferencias y 2.2 millones de cuentas con al menos una actividad. Si bien representan progreso, estos niveles siguen siendo bajos para una economía del tamaño de México. La propia Asociación de Bancos de México ha comenzado a evaluar posibles integraciones entre CoDi y DiMo para simplificar la experiencia y acelerar su adopción.
La comparación internacional es clara. En Brasil, Pix se consolidó como un estándar de uso cotidiano, con cientos de millones de transacciones mensuales. En India, UPI alcanzó 185.8 mil millones de transacciones en el año fiscal 2025. En Colombia, Bre-B superó los 99 millones de llaves en su primer año. Estos casos evidencian un patrón consistente: cuando los pagos digitales combinan simplicidad, confiabilidad y aceptación amplia, la adopción escala de forma exponencial.
En México, el principal obstáculo sigue siendo el efectivo. De acuerdo con INEGI, el 85.2% de las transacciones menores a 500 pesos se realizan en efectivo. Este predominio no responde únicamente a limitaciones tecnológicas, sino a hábitos profundamente arraigados. El efectivo continúa ofreciendo inmediatez, universalidad y baja fricción, características que los sistemas digitales aún no han logrado replicar plenamente en la experiencia cotidiana.
Sin embargo, el entorno podría estar cambiando.
Por un lado, la digitalización de pagos se ha convertido en una prioridad de política pública a través de iniciativas como Plan México y la Estrategia Nacional de Inclusión Financiera 2025–2030, que contempla más de 125 líneas de acción orientadas a expandir el acceso y uso de servicios financieros digitales. Este tipo de alineación institucional es un factor crítico, ya que la adopción no depende únicamente de la infraestructura, sino de la convergencia entre incentivos, regulación y experiencia de usuario.
Por otro lado, la Copa Mundial de la FIFA 2026 representa un catalizador exógeno con potencial significativo. Se estima que México recibirá más de 5.5 millones de visitantes, elevando las expectativas en torno a pagos digitales en sectores como movilidad, hospitalidad, retail y servicios urbanos. Aunque gran parte de estos flujos se canalizarán a través de tarjetas internacionales, el efecto indirecto puede ser la aceleración en la modernización de la aceptación y, con ello, la apertura a otros métodos digitales.
En este contexto, la oportunidad para CoDi y DiMo ya no reside únicamente en posicionarse como alternativas de pago, sino como infraestructura base para la modernización del comercio. Su integración efectiva en aplicaciones de uso cotidiano, soluciones para Pymes y servicios públicos será determinante para trascender el uso marginal y convertirse en hábito.
México no enfrenta un problema de infraestructura. Hoy existe alineación regulatoria, impulso de política pública y un evento global capaz de acelerar simultáneamente la adopción del lado de consumidores y comercios.
La cuestión ya no es si CoDi y DiMo pueden funcionar.
La cuestión es si 2026 será el año en que esa infraestructura finalmente se convierta en hábito.
