
En los últimos días hemos visto desde cómo se califica, cuestiona, imita y desprecia la investidura presidencial frente al hombre que le cedió el cargo, Joe Biden, hasta cómo, en cuestión de horas, se pasa a una narrativa instalada en escenarios extremos. Desde insinuaciones geopolíticas, como un hipotético bloqueo del estrecho de Ormuz –uno de los puntos críticos del comercio energético global–, hasta críticas al ejercicio del papado de León XIV. Todo esto, sumado a la escenificación hecha con inteligencia artificial de Donald Trump representando ser un salvador mesiánico que pretende curar, redimir y salvar al mundo.
Todo ocurre bajo una misma estrategia de comunicación, una misma lógica de hiperaceleración política y mediática, que no busca coherencia, sino impacto. Una política y una forma de gobernar que se ha convertido en todo un espectáculo, diseñadas para sorprender, tensionar y mantener en vilo a su audiencia. Es como si, día a día, Donald Trump nos ofreciera una especie de capítulo –al puro estilo de su reality show, The Apprentice– y nos dejara lo suficientemente intrigados como para volver a sintonizarlo al siguiente día. Y, sin embargo, ese mismo efecto genera una preocupación legítima sobre hasta dónde puede escalar esta forma de ejercer el poder.
El problema de fondo es que esta forma de actuar parece responder más a una lógica narrativa que a una lógica de Estado. Como en su etapa en The Apprentice, la expectativa parece ser que cada episodio sustituya al anterior, que el siguiente ciclo de atención borre los costos del actual y que, en ese proceso, se reconstruya la popularidad. Pero el sistema internacional no funciona como un reality show. Los costos no desaparecen; se acumulan.
Si algo define a Donald Trump es su imprevisibilidad. No hay patrón estable, no hay continuidad estratégica clara y eso, en términos de gobernanza global, introduce un nivel de incertidumbre difícil de gestionar incluso para los actores más experimentados.
Lo que sí es evidente es que los intereses estructurales del sistema internacional –los grandes centros financieros, los Estados con capacidad de influencia y las élites económicas– no son compatibles con una lógica de disrupción permanente. Existe una tensión real entre el orden que buscan preservar y la volatilidad que se está generando.
Esa inquietud no es exclusiva de un grupo político o ideológico. Afecta tanto a ciudadanos estadounidenses como a quienes, por integración económica, política o cultural, formamos parte del espacio de influencia de Estados Unidos. La preocupación no es retórica; es sistémica.
Mientras tanto, en el Despacho Oval, rodeado de figuras religiosas y líderes evangélicos, se proyecta una imagen de protección y legitimidad casi espiritual. En paralelo, emerge una narrativa personalista, incluso providencial, que sugiere –aunque sea simbólicamente– la idea de un liderazgo con capacidades extraordinarias, casi redentoras. Ese elemento, más allá de lo anecdótico, refuerza la lógica de poder personalista.
En este contexto, algunos sectores comienzan a plantear escenarios extremos dentro del propio marco institucional estadounidense, como la eventual invocación de la Vigésima Quinta Enmienda de la Constitución de Estados Unidos, que contempla la incapacidad del presidente para ejercer el cargo. No creo que lleguemos a esto ni lo veo como una posibilidad en el corto plazo; sin embargo, la pura inferencia refleja el nivel de tensión política que hoy existe en el país con la bandera de las barras y las estrellas.
Ahora bien, mientras esta dinámica genera incertidumbre, hay actores que capitalizan el momento con claridad estratégica. Y es que, si hay un beneficiado de todo lo que está sucediendo, ese es China.
China no necesita sobreactuar. Su modelo –caracterizado por el control político, la paciencia, la estabilidad interna, la planificación a largo plazo y una gestión disciplinada del poder– le permite posicionarse como un actor de equilibrio en medio del desorden. No es casualidad que, en momentos de volatilidad, los chinos proyecten una imagen de previsibilidad frente a los mercados internacionales.
En el terreno económico, además, la relación con el dólar sigue siendo estructural. China es uno de los mayores tenedores de deuda estadounidense y, por tanto, un actor clave en la estabilidad del sistema financiero global. No tiene motivaciones para romper abruptamente con ese esquema ni para sustituirlo de manera inmediata, aunque sí trabaja –de forma gradual– en diversificar sus mecanismos de influencia monetaria.
En términos militares, es cierto que China está lejos de tan siquiera igualar la capacidad global de proyección estadounidense. Sin embargo, en el resto de las dimensiones –la económica, la tecnológica, la industrial o en términos geopolíticos– ha construido una posición que le permite actuar como un auténtico rompeolas frente a escenarios de inestabilidad.
La historia demuestra que no es la primera vez que el mundo atraviesa momentos de liderazgo errático, dañino o que es víctima de decisiones que alteran el equilibrio global. En otras épocas, dinámicas similares desembocaron en conflictos de gran escala. La diferencia es que hoy la interdependencia es mucho mayor y los efectos se propagan con mayor rapidez.
Mientras tanto, Vladimir Putin envejece. El estratega del Kremlin –tras más de cuatro años de conflicto– se enfrenta al desgaste de la inesperadamente prolongada guerra en Ucrania. No ha podido terminar un conflicto que confiaba en que sería fácil, rápido y sin costos tan elevados, lo que afecta tanto su capacidad militar como su legitimidad internacional.
Israel atraviesa una situación muy complicada. Más que una derrota convencional, enfrenta un deterioro progresivo de su posición estratégica en Medio Oriente. A medida que avanza el tiempo, aumenta la presión interna y externa por identificar responsabilidades y redefinir su estrategia.
Históricamente, la relación entre Israel y Estados Unidos ha estado marcada por un elemento constante: la percepción de Irán como amenaza central en la región. Desde finales del siglo XX, distintos gobiernos israelíes han intentado alinear a Washington en una confrontación directa con Irán. Sin embargo, la mayoría de las administraciones estadounidenses evitaron ese escenario por sus implicaciones globales. Hoy, ese umbral parece difuso. No está claro qué se puede ganar en términos estratégicos, aunque sí es evidente que una confrontación más directa con Irán tendría consecuencias profundas y de largo alcance.
No sabemos quién ni qué va a ganar. Sí sabemos que Israel ganaría la paz de acabar con el único enemigo competente, militar e inteligente que tiene en la zona. Pero la verdad, lo cierto es que a partir de aquí comienza un verdadero calvario, donde queda claro que la cruz principal la llevará Trump y el cirineo que lo ayude a cargarla se llama Benjamín Netanyahu. Y, en medio del ruido, la disrupción y la incertidumbre, si algo empieza a perfilarse con claridad es que hay un actor que avanza con paciencia, disciplina y visión de largo plazo.
Ese actor es China.
