el activo más difícil de copiar – El Financiero



Por qué el mejor equipo…, no es el de los mejores.

“La cultura se come a la estrategia en el desayuno”.

Peter Drucker

Todo mundo habla de la importancia de la cultura en las organizaciones, pero si te pregunto que la definas con precisión, no con lugares comunes, probablemente dudes. Y si, además, te pregunto cómo se construye, es posible que la respuesta sea aún más vaga. Dos libros relativamente recientes nos ayudan a salir de la niebla: The Culture Code, de Daniel Coyle (2018), y The Fearless Organization, de Amy Edmondson (2018). Ninguno de los dos es teoría abstracta. Ambos son observación destilada.

Coyle pasó años estudiando a los grupos de mayor desempeño del mundo: los Navy SEALs, el equipo de basquetbol San Antonio Spurs, Pixar e IDEO. La pregunta que lo guiaba no era qué hacían, sino por qué funcionaban tan bien juntos. Lo que encontró lo resume en tres habilidades: construir seguridad, compartir vulnerabilidad y establecer propósito. Sencillo de decir. Extraordinariamente difícil de hacer.

Lo primero que descubrió –y que a mí me sacudió– es que la cultura no se declara: se irradia. Los líderes de los grupos de alto desempeño envían señales constantes, muchas veces inconscientes, que dicen: aquí perteneces, aquí eres visto, aquí importas. No es motivación, es pertenencia. Y la pertenencia precede al desempeño, no al revés.

La segunda habilidad –compartir vulnerabilidad– es la más contraintuitiva. Los mejores líderes que Coyle estudió no proyectan omnisciencia sino que admiten lo que no saben, piden ayuda. Esa conducta, lejos de debilitarlos, activa la reciprocidad: si el líder puede ser vulnerable, yo también puedo serlo. Y en esa apertura mutua nace la confianza real, no la diplomática, no la del organigrama.

Amy Edmondson llega al mismo territorio…, desde otra puerta. Profesora de Harvard, lleva décadas estudiando lo que llama seguridad psicológica: la creencia compartida de que en este equipo es seguro tomar riesgos interpersonales, levantar la mano, cuestionar, equivocarse sin miedo al ridículo o al castigo. Su hallazgo más perturbador es que los equipos que cometían más errores visibles no eran los peores, eran los mejores. En un ambiente seguro, los errores se reportan. En uno inseguro, se ocultan. Lo que parece disfunción es, a veces, salud.

Google lo confirmó a su manera. Entre 2012 y 2015, con estadísticos, psicólogos y sociólogos, la empresa estudió más de 180 equipos buscando la fórmula del equipo perfecto. El resultado los sorprendió: la eficacia de los equipos no se basa en tener a los mejores profesionales juntos, sino en la manera en que trabajan entre sí. Y de todos los factores analizados, la seguridad psicológica fue, de lejos, la más importante. Al proyecto lo llamaron Aristóteles en homenaje a su célebre proposición: el todo es mayor que la suma de sus partes.

Pero lo más revelador no fue el dato, fue la historia que lo ilustró. Matt Sakaguchi, uno de los managers de Google, reunió a su equipo para compartir algo que nadie esperaba: tenía cáncer en fase cuatro. La mayoría lo desconocía. Algo cambió en la sala. De pronto, otros empezaron a hablar de sus propias cargas, sus miedos, sus vidas reales. Lo que Sakaguchi demostró sin proponérselo es que la seguridad psicológica no se decreta, se inaugura. Alguien tiene que ir primero. Y casi siempre ese alguien es el líder.

Los tres –Coyle, Edmondson y Google– convergen en algo que ninguna junta de consejo suele agendar: la cultura se construye en los márgenes, no en los discursos. En cómo reaccionas cuando alguien trae una mala noticia, en si preguntas o sentencias, en el silencio de tu equipo y si te preocupa o te complace.

Y ahí está el reto real. Porque todos queremos una cultura de excelencia, innovación y confianza. Pero cuando alguien en la reunión dice algo incómodo, la mayoría prefiere cambiar el tema. Cuando alguien se equivoca, el instinto es buscar al culpable, no la causa. La cultura que construyes en esos momentos –ese silencio, esa mirada, esa sonrisa tensa–, vale más que todos los valores impresos en la pared.

Peter Drucker tenía razón cuando dijo que la estrategia es el menú, la cultura es quien cocina y, como en toda buena cocina, lo que importa no es la receta sino lo que pasa cuando nadie está mirando.



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