
El título de esta columna es una de las fórmulas retóricas de la burocracia para enviarle a otro burócrata una pieza faltante de información respecto a un asunto o cosa determinada. “En alcance a mi similar del 21 de los corrientes, le envío Oficio 25/2002/128, remitido por esta oficina al Quejoso, con el fin de que aclare lo que a su derecho convenga…”.
Esas fórmulas cambian con el tiempo. Las hay de lo más repetitivas y secas, por ejemplo las pre-foxistas: “Sufragio efectivo, no reelección”. Las hay barrocas: “Le reitero las seguridades de mi más distinguida y preclara consideración”. Todas las joyas del burocrañol están diseñadas, de una u otra forma, para asear un error ex-post de un servidor, aclarando las circunstancias con sus pares y demostrando a la vez afecto, caricia y proyecto político compartido.
Así me sentí el otro día cuando leí el “alcance” que el Gobierno de la República le dio al proyecto aeroportuario de Zumpango, conocido como AIFA, con la inauguración de un tren desde Buenavista, en el Centro de la CDMX. Si ha seguido usted esta columna a través de los años, sabe que odié ese proyecto, porque destruía una estructura financiera y de planeación cuidadosamente construida a lo largo de muchos años. Una de las tristezas del foxismo, esa administración de “alcances” en la que tuve el honor de servir, es que nunca se pudo lograr un aeropuerto en Texcoco por desacuerdos políticos de todo tipo. El otro día, en un seminario universitario en la UDLAP alguien mencionó que no le habían ofrecido suficiente dinero por sus tierras a los ejidatarios. No fui el burócrata insaculado para dirimir esto, pero sí supe de buena fuente en esos años, que esto no es verdad. Les ofrecieron el equivalente a hectáreas con riego sembradas con maíz en Sinaloa, y decidieron no aceptar.
Los proyectos en México que implican derechos de vía son un desastre, gracias a nuestras instituciones disfuncionales. Los guanajuatenses, desde el gobierno estatal, durante la primera década del S. XXI, fueron eficientes en ejecutarlos, no revelando al público las intenciones que tenía el gobierno estatal para este o aquel terreno. En lugar de expropiar, establecieron inmobiliarias que negociaban, adquirían y luego integraban terrenos a bancos de tierra, sin nunca revelar a los propietarios qué se buscaba hacer con ellos. De esa forma, no se desataban los “demonios especulativos” de dueños de terrenos salitrosos e inservibles, como los de Texcoco, para extraer un mayor precio, y una mayor renta, de los proyectos públicos.
En una de esas, esa fue la estrategia del presidente López Obrador para la infraestructura urbana del AIFA. Una estrategia de “alcances”, para ir poniendo las piezas faltantes en la medida en que el proyecto iba cuajando aquí y allá. Al menos, eso quiero pensar; que había una estrategia en todo ello. Que el repago de los bonos, y el desprestigio en los mercados internacionales de capital tenía un motivo determinado, conectado con el interés soberano del Estado mexicano, y que por eso las cosas se hicieron en una lógica de “destrucción creativa”, eso sí, con más destrucción que creación.
Algunos amigos míos, también acérrimos opositores del aeropuerto zumpangués, han jurado (y casi comido tierra) que jamás pisarán el AIFA. Francamente, a mi me causará mucha tristeza ir, pero ya que la obra de infraestructura está, y ya que está conectada a algún lugar conocido a través de un sistema de transporte terrestre que no cueste lo mismo o más que el boleto de avión, supongo que tendré que incluirla en la lista de aeropuertos desde los cuales puedo volar. De hecho, yo vivo en Puebla, y el sector privado camionero ofrece un servicio bastante bueno desde una terminal privada en San Andrés Cholula llamada Paseo Destino, que te lleva al AIFA. Claro, ahora podría también tomar mi camioncito a la Tapo, tomar un metrobús nada incómodo a Buenavista, y tomar el tren al AIFA desde ahí. Gracias Presidenta, por el alcance.
Quizá, lo que no valdrá la pena saber, es cuánto costó todo este tinglado. Quizá no valdrá la pena saber de qué tamaño fue la cuenta final de cancelación del NAICM. Quizá mejor no nos enteremos de los intereses que estuvieron detrás de mantener funcionando el Aeropuerto Benito Juárez, que ya está demasiado adentro de la Ciudad y que además es un nido de crimen y corrupción. Como si fuéramos ciudadanos de una República Soviética, estemos contentos de que el Soviet supremo arregló un poco lo mal hecho con un “alcance” tardío pero bueno.
