
Durante años, México fue visto por las grandes farmacéuticas como un mercado importante, sí, pero no necesariamente estratégico. Un país atractivo por volumen, aunque limitado por burocracia, incertidumbre regulatoria y una visión de corto plazo sobre la innovación. Algo parece estar cambiando. Lentamente, quizá demasiado lento para los pacientes, pero suficiente para que compañías globales como Bayer comiencen a hablar de México no sólo como consumidor de medicamentos, sino como posible jugador de grandes ligas farmacéuticas en investigación, producción e innovación farmacéutica.
Ahí aparece un dato relevante que suele pasar desapercibido fuera del sector: la competencia farmacéutica global ya no ocurre únicamente en laboratorios o mercados. También sucede entre países. Cada casa matriz decide dónde instala producción, dónde desarrolla investigación clínica, dónde lanza primero nuevas moléculas y hacia qué regiones dirige miles de millones de dólares en inversión.
Daniel Londero, director general de Bayer Pharma México, lo resumió con una frase poderosa durante una entrevista reciente con Mundo Farma: “Compito contra mis colegas de otros países para atraer producción e inversión”.
La declaración ayuda a entender el tamaño de la disputa silenciosa que hoy enfrenta México, porque mientras buena parte de la conversación pública sigue concentrada en autosuficiencia, soberanía y compras públicas, la industria farmacéutica ya se mueve bajo otra lógica: velocidad regulatoria, competitividad global y capacidad de innovación.
Bajo esa perspectiva, México todavía tiene enormes pendientes. Aun así, el sector comienza a percibir señales distintas. Después de años de tensión entre gobierno e industria, varias compañías reconocen una etapa de mayor apertura institucional, particularmente en diálogo regulatorio y planeación de compras públicas.
No significa que los problemas desaparecieron. El desabasto sigue siendo un tema sensible. Cofepris todavía enfrenta retos estructurales. Los tiempos regulatorios continúan lejos de estándares internacionales. Sin embargo, el tono cambió y eso modifica el ánimo de inversión dentro de una industria donde los ciclos de planeación suelen proyectarse a cinco o incluso diez años.
En ese contexto, Bayer insiste en que la relación entre industria y gobierno ya no puede construirse desde la confrontación permanente. “Si colaboramos, es lo mejor que le puede pasar a los pacientes mexicanos”, afirma Londero.
Innovar ya no es lujo: es supervivencia financiera
El segundo gran tema tiene que ver con algo todavía más profundo: el cambio de paradigma alrededor de la innovación farmacéutica. Durante años, buena parte del debate público redujo la conversación a una idea simplista: los medicamentos innovadores son caros. Punto.
La realidad es mucho más compleja. Lo que hoy comienza a discutirse dentro del sector salud es otra pregunta: ¿cuánto cuesta no innovar? La respuesta puede ser brutal para las finanzas públicas, particularmente en enfermedades crónicas que consumen enormes recursos del sistema cuando los pacientes llegan tarde al tratamiento.
Tomemos un caso mencionado por Bayer: enfermedad renal crónica asociada con diabetes. Millones de pacientes mexicanos avanzan silenciosamente hacia etapas críticas que eventualmente terminan en diálisis, hospitalizaciones y enormes costos para el sistema.
La lógica tradicional consistía en intervenir tarde, cuando el daño ya era irreversible. La nueva lógica apunta hacia otro camino: detectar antes, tratar antes y evitar que el paciente llegue al escenario más costoso y devastador.
En otras palabras, la innovación dejó de ser solamente un tema científico. Hoy es un asunto financiero, operativo y hasta de sostenibilidad nacional. Lo mismo ocurre en oncología, retina, salud femenina y enfermedades cardiovasculares. Las nuevas moléculas no sólo prometen mejores resultados clínicos; también buscan reducir hospitalizaciones, complicaciones y saturación hospitalaria.
Dicho de otra manera, el verdadero debate ya no debería centrarse únicamente en cuánto cuesta una nueva terapia, sino cuánto le cuesta al país seguir llegando tarde.
La disputa global por la inversión farmacéutica
El tercer tema conecta directamente con nearshoring y geopolítica industrial. México tiene condiciones reales para convertirse en un hub farmacéutico más relevante: ubicación geográfica privilegiada, capacidad manufacturera, experiencia exportadora y talento técnico acumulado durante décadas.
Bayer, por ejemplo, ya utiliza plantas en México para abastecer distintos mercados internacionales. Sin embargo, ningún corporativo global invertirá miles de millones de dólares sólo por buena voluntad. La competencia es feroz y países como Brasil, Irlanda, Singapur o incluso Costa Rica llevan años construyendo ecosistemas regulatorios y fiscales mucho más agresivos para atraer innovación.
Ahí aparece la pregunta incómoda: ¿México realmente quiere competir en las grandes ligas farmacéuticas o seguirá atrapado en discusiones administrativas de corto plazo?
Porque mientras el mundo acelera hacia terapias biológicas, celulares, genéticas e inteligencia artificial aplicada al descubrimiento de medicamentos, el país todavía batalla para normalizar tiempos de aprobación y garantizar abasto básico.
Sala de Urgencias
Mientras el mundo acelera hacia terapias genéticas, inteligencia artificial y medicina personalizada, México todavía sigue atrapado en trámites, tiempos regulatorios y discusiones presupuestales de corto plazo. La innovación farmacéutica global no espera. La pregunta es si el país realmente quiere competir en las grandes ligas… o conformarse con mirar el partido desde la tribuna.
